El Maestro y su oficio

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Por: Javier Eduardo Arévalo Arango

La verdad y el bien están seguramente relacionados ya que ambos dependen esencialmente de nuestra racionalidad. Además, como alguna vez dijera Huxley, debemos conocer lo que es cierto para poder hacer lo que es justo.

Esto no quiere decir que lo bueno se manifiesta sólo en el conocimiento. La pregunta ¿qué es un buen maestro? No tiene una respuesta fácil e inmediata, aunque tampoco parece inabordable o antinómica. Eso puede indicar que es una pregunta legítima. Para contestarla hay que pensar en la función del maestro, en su oficio, y ello nos lleva de nuevo a los griegos y su noción de areté.

La palabra griega areté se traduce ordinariamente como virtud; pero este término no mantiene su significado original. Para los griegos tenía un alcance que no coincide con el de virtud en el sentido de honradez, templanza o santidad. En la areté griega había una connotación de pericia y calidad que aún subsiste en una de las acepciones de la palabra virtuoso. Se aplicaba a las profesiones y oficios haciendo referencia al desempeño óptimo de sus funciones propias. Era, si se quiere, un concepto relativo. Después, su significado se hizo extensivo a la areté del ciudadano en general y hasta del ser humano como tal. Se le buscó un significado absoluto y se incorporó a la idea platónica del bien. Pero la areté tenía originalmente un sentido más concreto y particular que acentuaba su significado práctico y de aplicación inmediata. Se hablaba por eso de la areté de los atletas, de los artesanos, de los políticos, de los militares, y hasta de los esclavos. Había una areté social y una areté doméstica. Hoy hablamos de optimización, de eficacia y eficiencia: eso también habría sido areté. En una palabra, era la búsqueda de la calidad en el desempeño de una profesión u oficio. El pecado contra la areté era la incompetencia, la ineptitud, la inexperiencia, la ignorancia. En ese sentido la areté no significaba en un principio ser bueno, a secas, sino ser bueno en algo, ser bueno para algo. Ser hábil en su tarea, sea cual fuere. Hacer aquello que se espera de uno, aquello que le corresponde hacer según su suerte y condición, y llevarlo a cabo de una manera óptima. Buscar la excelencia en su trabajo, la maestría, el profesionalismo. Conocer bien su oficio y hacerlo con propiedad. Con exactitud y también con rapidez.

Es así como la areté tiene que ver con la exactitud, pero no es la manía del detalle insignificante. También tiene que ver con la rapidez, peno no supone precipitación ni apresuramiento. Sobre este punto quiero detenerme un instante. Es posible que la inteligencia sea una forma de rapidez. Contando con suficiente tiempo una ameba puede llegar a la teoría de la relatividad. En realidad, eso fue lo que sucedió. Pero para que tenga sentido terrenal hay que tener en cuenta la escala de la vida humana. Sin embargo, aún dentro de la brevedad de nuestra existencia, hay muchas tareas que tienen su periodo de maduración. Todo lleva su tiempo. La areté tiene que ver con la preparación y el entrenamiento para la ejecución de una tarea. Esta preparación variará en duración y modalidad según el caso. Hay un cuento mencionado por Calvino a propósito de la rapidez: el rey le pidió a Chuang Tzu (Zhungzi) que dibujara un cangrejo. Chuang Tzu contestó que necesitaba cinco años y una casa con doce servidores. Pasaron cinco años y Chuang Tzu dijo al rey: “Necesito otros cinco años” y el rey se los concedió. Transcurridos los diez años, Chuang Tzu tomó el pincel y con un solo trazo dibujó un cangrejo, el cangrejo más perfecto que jamás se hubiera visto. Me gusta pensar que esos diez años los paso Chuang Tzu preparándose para la tarea. Y que su arte no murió con él, porque ese hombre, que una noche soñó que era una mariposa y al despertar no sabía si era un hombre que había soñado que era una mariposa o una mariposa que estaba soñando que era un hombre, era, sobre todo, un maestro. Pero ésta es sólo una fábula. Ya en la realidad podemos recordar que Max Planck tardó veinte años elaborando la teoría de los cuantos. Pero fue el primero en lograrlo. También le tomo veinte años a Bernoulli descubrir, formular y demostrar la ley de los grandes números. Y Borges nos cuenta que, cuando a James Whistler le preguntaron cuánto tiempo había requerido para pintar uno de sus nocturnos, respondió: “Toda mi vida”. Esa es la rapidez a la que me refiero.

Ahora podemos aceptar con más naturalidad la afirmación de que la virtud, la areté, se puede adquirir. Es posible que la calidad no sea más que la perseverancia en la búsqueda de la excelencia. No es un don dispensado a unos pocos. Requiere conocimiento y la correcta comprensión de su objetivo. Implica esfuerzo, requiere práctica y dedicación, y eso lleva tiempo. Después de estas consideraciones generales hay que empezar a particularizar pues parece que el oficio del profesor de MonteHelena Bilingual School tiene rasgos muy peculiares.

Señalemos en primer lugar que tanto profesional como profesor viene de profesar que significa consagrarse voluntariamente al ejercicio de una ciencia, arte u oficio. El oficio del maestro, del profesor, es preparar a otros para cumplir su función, ayudarles a lograr su areté. Y como no todos van a ser a su vez maestros, su camino es necesariamente el recorrido por él. Además, el maestro debe ser capaz de reconocer y cultivar en otros, cualidades de las cuales él mismo puede carecer. No debe extrañar entonces que formar un buen maestro requiera un tiempo considerable. Uno de mis colegas ha dicho que la prisa, sobre todo en educación, es un pecado. Esto es algo que la sociedad y sus instituciones deberían mantener siempre presente. Por eso me detuve un poco al hablar de la rapidez.

Empezamos a ver que la areté del maestro, del profesor, tiene en verdad rasgos especiales. Como todas las profesiones, la profesión docente ha sido difamada y exaltada. Nietzsche, profesor de filosofía, escribió que el profesor es un mal necesario. Es célebre la alusión de Oscar Wilde a los que no pudieron aprender y por eso se dedican a enseñar. Otro colega me dio alguna vez una versión aún más mordaz: el que sabe hace, el que no sabe enseña, el que no puede enseñar investiga y el que no es capaz de investigar se dedica a enseñar a investigar. Son sin duda frases satíricas, cuya crítica se localiza sobre todo en la incompetencia y, aunque tengan su fondo de verdad, no son censuras a la docencia como tal y mucho menos a la profunda relación entre maestro y aprendiz.

La verdad es que, desde hace ya bastante tiempo, la importancia de la profesión docente ha sido reconocida ampliamente por la sociedad. En los discursos de los gobernaste no se ahorran palabras de enaltecimiento a la trascendencia de nuestra labor. Eso sí, cuando se plantea el problema de la mejora de las condiciones materiales de los maestros, se apela a virtudes como la nobleza y la abnegación.

El oficio del maestro es enseñar. Enseñar es señalar, mostrar, indicar la ruta. Hay que dar a los alumnos la oportunidad de transitar su propio camino y encontrar las cosas por sí mismos. Cada vez que entregamos a un alumno un conocimiento ya elaborado y decantado, le estamos quitando la oportunidad de descubrirlo. Lo importante es enseñar a aprender. En ello entra en juego la memoria y también el olvido. A menudo el maestro debe olvidar lo que sabe para que el alumno lo descubra. Para Heidegger enseñar es más difícil que aprender porque enseñar dignifica dejar aprender. Más aún: el verdadero maestro no deja aprender nada más que “el aprender”. Por esto también su obrar produce a mendo la impresión de que propiamente no se aprende nada de él, si por “aprender” se entiende nada más que la obtención de conocimientos útiles. Lo esencial en el aprendizaje no es el producto sino el proceso. Lo mismo ocurre con la creación de conocimiento. Leibniz decía que las fuentes de la invención son más interesantes que las invenciones mismas. Las ideas deben nacer en la mente del alumno, sostenía Sócrates. El aprendizaje no debe ser pasivo. Hay un proverbio que dice: Oigo y olvido; veo y recuerdo; hago y entiendo. Entender es más un hacer que un contemplar. Además, para que sea efectivo, el conocimiento no debe consistir en ideas a medio entender y aisladas unas de las otras. Las ideas inertes, las ideas que no interactúan entre sí, no son sólo inútiles: son perjudiciales.

El texto fue extraído de apartes de la conferencia pronunciada por el profesor Alonso Takahashi en la entrega del Premio Nacional de Matemáticas, en Medellín el 27 de agosto de 1991.